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¿Es profesionalmente ético prescribir una dieta?

Nos han hecho creer que cuanto más delgados estemos mejor, sin embargo no es verdad que un cuerpo delgado sea mejor que un cuerpo grande.

La búsqueda de un peso “ideal” nos lleva a pensar que existe un peso “saludable” que deberíamos conseguir y mantener a base de esfuerzo, voluntad y sacrificio. Esto parte de la premisa de que la forma y tamaño de nuestro cuerpo es algo que podemos manejar a nuestro antojo. Si nuestro peso y la forma de nuestro cuerpo pudieran ser elegidos y modificados al gusto de cada uno, estoy segura de que nadie estaría gordo. Sin embargo, esto no es una cuestión de elección.

Este enfoque normativo en la pérdida de peso promueve la idea de que las personas de mayor peso no están sanas, que el peso puede ser controlado a través de fuerza de voluntad y que si una persona está gorda es porque tiene malos hábitos de vida. Sin embargo, no podemos saber cómo es la vida ni la salud (metabólica, mental, etc.) de una persona solo viendo el tamaño de su cuerpo, ni por grande, pequeño, gordo o delgado que sea. El peso no es ningún indicador de salud.

En esta sociedad, donde es innegable que los cuerpos gordos y grandes son incómodos a la vista de muchos, parece imperativo que las mujeres estemos a dieta y los hombres estén musculados. Estos estereotipos, la estigmatización y discriminación por el peso hace que recurramos a las dietas sin pensar en las consecuencias que pueden acarrearnos.

Existen cantidad de estudios que demuestran que la mayoría de personas que se someten a dietas son incapaces de mantener la pérdida de peso a largo plazo y no consiguen beneficios para su salud.

También se ha demostrado que las dietas son dañinas en cuanto a que:

– Contribuyen a ciclos repetidos de pérdida y recuperación de peso (efecto yo-yo)

– Generan obsesión y preocupación con la imagen corporal y la comida (pérdida de control temporal y conductas compensatorias)

– Disminuyen la autoestima (malestar psicológico)

– Favorecen el riesgo de sufrir trastornos de la conducta alimentaria (trastorno por atracón, bulimia nerviosa)

– Favorecen un mayor aumento del peso con el tiempo (reducción del gasto metabólico)

– Aumentan la estigmatización y discriminación por el peso (desmotivación, menor calidad del cuidado)

Los ciclos de pérdida y recuperación de peso son el resultado más común de hacer dieta.

Se sabe que son perjudiciales para la salud ya que están relacionados con mayor tasa de mortalidad, mayor riesgo de fracturas óseas, cálculos biliares, pérdida de tejido muscular, hipertensión, inflamación crónica, disrupción metabólica, malestar psicológico, etc.

La creencia de que tenemos que estar delgados y hacer dieta, conlleva a un aumento de la estigmatización y la discriminación por el peso (bromas relacionadas con el peso, presión para adelgazar, hostilidad, bullying, comentarios negativos…). Estos son factores que afectan negativamente a la salud. Las personas discriminadas por su talla se sienten rechazadas y viven en un continuo estrés, lo que genera cortisol, inflamación, aumento del riesgo metabólico, etc. Por vivir en cuerpos grandes y para evitar la discriminación también por parte de los profesionales sanitarios, evitan sus revisiones médicas, no se atreven a ir a un gimnasio por la mirada crítica de los demás, etc. Por tanto sus hábitos y su estado de salud están más relacionados con el efecto de la discriminación que con el tamaño de su cuerpo.

Nuestro cuerpo es sabio y está regulado por un sistema biológico que reaccionará ante las restricciones calóricas de las dietas estrictas disminuyendo el metabolismo, aumentando la sensación de hambre y los deseos de antojos. En definitiva, pondrá en marcha una serie de sistemas compensatorios para protegerse. Hay una serie de condiciones genéticas, ambientales  y otras tantas involuntarias al peso, que están por encima de nuestra voluntad. Por tanto, es muy probable que intentes perder peso y no lo consigas, o si lo haces, que lo vuelvas a recuperar. Y no es tu culpa, no eres tú lo que falla, lo que no funciona es la metodología, lo que no funcionan son las dietas. Si así fuera, solo con haber hecho una habría sido suficiente.

Por tanto, profesionalmente, considero que prescribir una dieta no cumple con  los códigos de ética profesional de no hacer daño y de actuar en beneficio del otro.

Yo apuesto por un cambio de conducta hacia unos hábitos que promocionen la salud y no hacia la pérdida de peso.

Solo de esta manera, si sacamos el peso de la ecuación, podremos cultivar un cambio de hábitos real y duradero que, independientemente de si hay o no pérdida de peso, mejorarán nuestro bienestar desde un punto de vista holístico.

Si nuestro verdadero motor es adelgazar y nuestros esfuerzos por alcanzar un “peso ideal” se ven frustrados continuamente, harán que nos sintamos fracasados y  que la práctica de conductas saludables nos parezcan inútiles. Por el contrario, si centramos nuestro foco en aceptar la diversidad corporal, en respetar nuestras señales de hambre y saciedad, en disfrutar del acto de comer, en disfrutar del movimiento corporal, en cultivar un autocuidado respetuoso… soltaremos la mentalidad dieta y estaremos más cerca del cuidado holístico de nuestra salud, sin aferrarnos a nada, solo disfrutando del placer de cuidarse día a día.

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